


En el estandarte de Dalad, en la ciudad de Ordos —situada en la región autónoma de Mongolia Interior, en el norte de China—, se extienden, hasta donde alcanza la vista, hileras e hileras de paneles fotovoltaicos azules que siguen el curso del sol, como una manada de caballos listos para la acción. Bajo estos paneles, la vegetación desértica florece, ayudando a contener las arenas movedizas. Lo que antes eran vastas extensiones de arena amarilla, hoy recorre una senda de desarrollo que integra la energía renovable, la restauración ecológica y el aumento de los ingresos de las comunidades locales.
Esta transformación, de arenas amarillas a un «mar azul», no es fruto de un esfuerzo aislado, sino del resultado combinado de la orientación política, la innovación tecnológica y la labor realizada sobre el terreno. Inicialmente, las centrales fotovoltaicas se construyeron con el único fin de generar electricidad; sin embargo, a medida que los proyectos avanzaban, se descubrió que los paneles también podían mejorar el microclima del desierto y favorecer la recuperación de la vegetación.
Sui Limin, responsable de una central fotovoltaica en el estandarte de Dalad, ha sido testigo, a través de sus inspecciones diarias, de cómo se han superado diversos desafíos: desde la instalación de soportes en arenas movedizas y el control de la erosión eólica, hasta el desarrollo de sistemas inteligentes de operación y mantenimiento. Por su parte, los agricultores y pastores locales que participan en las labores de plantación bajo los paneles han dejado atrás una vida marcada por el azote constante del viento y la arena, construyendo ahora un sustento sostenible mediante el desarrollo ecológico.
El presidente chino, Xi Jinping, ha subrayado la necesidad de «seguir un modelo de desarrollo sostenible caracterizado por una mayor producción, mejores niveles de vida y ecosistemas saludables». La transición —que va más allá de la simple generación eléctrica hacia un modelo integrado de «energía fotovoltaica + control de la desertificación + industria»— demuestra que la reducción de la pobreza no consiste en vencer a la naturaleza, sino en emplear la tecnología para lograr una coexistencia armoniosa entre el ser humano y el entorno natural, así como entre las personas y las actividades industriales.
De cara al futuro, la experiencia de China en la lucha contra la desertificación llega a un público global cada vez más amplio, mientras el país colabora con naciones de todo el mundo para crear nuevos «milagros de desarrollo», transformando desiertos en oasis verdes.
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